DE LA POESIA






Pequeña a
Eduardo Minesas

Me gustaría saber
Lo que fuí
En esos días en los que te olvidaste de mi
Una mancha en la pared
Un  brote de musgo entre dos piedras
Una botella vacía con su corcho violeta
Color de senos
Y su etiqueta ilegible, gastada por el tiempo
El relincho de un caballo
Un hombre apoyado en una reja
Un limonero dando su olor
Una mujer qe camina
Por las calles de una ciudad inmensa
El portero de un gran edificio
Una baldosa floja
Un muerto recién muerto, acabado de morir
Todo eso yo era
Y estaba fuera de tu memoria
Y de tu pensamiento
Todo eso
Todo


Pequeña a II

entre Evaristo Carriego y J.L.Ortiz

¡Ah amigos, lo hemos perdido todo!
Aquel zaguán en el que jugábamos por las tardes
Después de la escuela
La negra Dominga
Cuyos hermosos senos toqueteábamos
En el jardín lleno de flores
Don Ramón, el de las empanadas
Que devorábamos por centenas
A una cuadra de casa

Todo se ha ido

Senos, empanadas, flores y tiempo
Son la materia de ese objeto que nos falta
Ese objeto que alguna vez fué
Y que hoy forma un gran agujero
Donde nos empeñamos
En buscar
Y en el que alguna vez relucen
Aquella negra, aquellas empanadas


Letanía
Eduardo Minesas

Hay un lugar

En el que al tocarte

Te enciendes
Como un pétalo
En el que mis manos
Se deslizan entre tus cabellos
Y acarician tu frente
Allí tu mirada
Se vuelca sobre el horizonte
Y tus senos son un manantial
Del que bebo
Hasta saciarme
Llueve en ese lugar sin cesar
Y la lluvia se une
Interminable
A mis besos




Ahora, ¿adónde?’, de Heinrich Heine (1797 – 1856)

Ahora, ¿adónde? El torpe pie
quisiera llevarme a Alemania.
Mas la razón, prudente, mueve
la cabeza, como diciendo:
Es cierto que acabó la guerra,
pero quedan cortes marciales,
y dicen que escribiste antaño
cosas que te hacen fusilable.
Eso es verdad, poco agradable
sería verme fusilado.
No soy un héroe, me faltan
los patéticos ademanes.
Me gustaría ir a Inglaterra,
de no haber humos de carbón,
¡y los ingleses!… Ya su olor
me produce espasmos y vómitos.
A veces tengo la ocurrencia
De embarcarme hacia Norteamérica,
gran cuadra de la libertad
con sus brutos igualitarios.
Pero me da miedo un país
de gentes que mascan tabaco,
que, sin rey, juegan a los bolos,
y sin escupidera, escupen.
Rusia, ese imperio tan hermoso,
posiblemente me agradase,
pero en invierno no podría
soportar allí los azotes.
Con tristeza miro a lo alto,
donde hacen guiños miles de astros;
sin embargo, mi propia estrella
no la diviso en parte alguna.
En el áureo laberinto
del cielo se perdió tal vez,
como yo mismo me he perdido
en la terrena agitación.



LOS HERALDOS NEGROS (César Vallejo)
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como del odio de dios; como s¡ ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!

 Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos  negros que nos manda la Muerte.

 Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre.. pobre! vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza; como charco de culpa; en la mirada.


Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé !


Arte Poética


Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche , que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor, y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

Repetición

Fueron corriendo lentamente los días. Con inmutable marcha sucedió la noche al día y viceversa, como el flujo y reflujo de un mar infinito. Transcurrían y volvían a empezar las semanas y los meses, y la interminable serie de los días parecía formar parte de un día solo.
Día inmenso, taciturno, marcado por el ritmo igual de la sombra y de la luz y el de la vida del ser embotado que sueña en el fondo de su cuna, el ritmo de sus necesidades imperiosas, ya dolorosas, ya regocijadas y tan regulares que el día y la noche que las traen parecen traídos por ellas. El péndulo de la vida se mueve con pesadez. El ser se absorbe por completo en su lenta pulsación. El resto no es más que sueños, fragmentos de sueños informes y hormigueantes, polvo de átomos que bailan impulsados por el azar, torbellino vertiginoso que pasa produciendo risas u horror. Clamores, movibles sombras, formas que hacen horribles muecas, dolores, terrores, risas, sueños, sueños...; todo ello no es más que una sucesión de días y noches... Y en medio de aquel caos, la luz de los ojos que le sonríen amistosamente, el torrente del placer que, saliendo del cuerpo materno, del seno hinchado de leche, se difunde por su cuerpo, la fuerza que hay en él, la fuerza enorme e inconsciente que se va amontonando, el hirviente océano que ruge en la estrecha prisión de aquel débil cuerpo de niño. Quien pudiese leer en él vería mundos medio sepultados en la sombra, nebulosas que se organizan, un universo en vías de formación. Su ser no tiene límites. Es todo lo que es...


Transcurren los meses... En el río de la vida empiezan a surgir islas de memoria. Son en un principio estrechos islotes perdidos, rocas que apenas sobresalen de la superficie de las aguas. En torno de ellos, más allá de ellos, en medio de la aurora que despunta continúa extendiéndose la inmensa capa de las tranquilas aguas. Luego aparecen nuevos islotes que dora el sol.
De esta suerte surgen del abismo del alma ciertas formas y escenas de extraña nitidez. En el día sin límites que comienza, eternament invariable, con su monotono y poderoso balanceo, empieza a dibujarse la ronda de los días que se dan la mano, y se distinguen sus perfiles, ya risueños, ya tristes.
Pero los eslabones de la cadena se rompen constantemente y los recuerdos vuelven a unirse, por encima de las semanas y los meses...


Romain Rolland
Juan Cristobal


La pantera


En el Jardin des Plantes, Paris

Su vista está cansada del desfile
de las rejas, y ya nada retiene.
Las rejas se le hacen innumerables,
y el mundo se le acaba tras las rejas.

Blando andar de flexibles fuertes pasos,
y girar en el más pequeño círculo
como danza de fuerza por un centro,
en que su voluntad se halla aturdida

Sólo a veces se alza mudo el telón
de sus pupilas. Luego entra una imagen,
va por la tensa calma de sus miembros
y se extingue al llegar al corazón

Rainer María Rilke
Nuevos Poemas


EVERNESS
Jorge Luís Borges

Sólo una cosa no hay. Es el olvido
Dios, que salva el metal, salva la escoria
y cifra en Su profética memoria
las lunas que serán y las que han sido.
Ya todo está. Los miles de reflejos
que entre los dos crepúsculos del día
tu rostro fue dejando en los espejos
y los que irá dejando todavía.
Y todo es una parte del diverso
cristal de esa memoria, el universo;
no tienen fin sus arduos corredores
y las puertas se cierra tu paso;
sólo del otro lado del ocaso
verás los Arquetipos y Esplendores



Pequeña a
Eduardo Minesas

Me gustaría saber
Lo que fuí
En esos días en los que te olvidaste de mi
Una mancha en la pared
Un  brote de musgo entre dos piedras
Una botella vacía con su corcho violeta
Color de senos
Y su etiqueta ilegible, gastada por el tiempo
El relincho de un caballo
Un hombre apoyado en una reja
Un limonero dando su olor
Una mujer qe camina
Por las calles de una ciudad inmensa
El portero de un gran edificio
Una baldosa floja
Un muerto recién muerto, acabado de morir
Todo eso yo era
Y estaba fuera de tu memoria
Y de tu pensamiento
Todo eso
Todo


Pequeña a II

entre Evaristo Carriego y J.L.Ortiz

¡Ah amigos, lo hemos perdido todo!
Aquel zaguán en el que jugábamos por las tardes
Después de la escuela
La negra Dominga
Cuyos hermosos senos toqueteábamos
En el jardín lleno de flores
Don Ramón, el de las empanadas
Que devorábamos por centenas
A una cuadra de casa

Todo se ha ido

Senos, empanadas, flores y tiempo
Son la materia de ese objeto que nos falta
Ese objeto que alguna vez fué
Y que hoy forma un gran agujero
Donde nos empeñamos
En buscar
Y en el que alguna vez relucen
Aquella negra, aquellas empanadas


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