7 de enero de 2011

No, yo no voy en este cuerpo que me lleva, ni toco en el agua un elemento que fluye y se estanca hasta morir. A quien ves, cuando me miras, es aquel rostro que te doy por miedo de jamás ver tu calavera que finge ojos verdes, húmedos, lentos, sobre tu boca que recita letanías entre incienso y campanas que están en mí. Oigo tu voz idéntica en vos, ajena a mi memoria que te quiere inmóvil. Si me siguieras, si llegaras a mi cristal. En su casa de Fulgores, ¿quién podría decir: yo, me siento el yo de mi rostro para vos? Estaría en vos y hablaría a aquel mi cuerpo que cree poseerme. Terrible si alguna de tus almas, huyendo de la eternidad que nos persigue en la infinita repetición, no siente la ausencia, la ausencia del viento y el sonido caer en cuerpos imaginarios, muertos y errantes en la noche inmortal. Si alguien me preguntara qué soy; porque ciertas sombras marean; le diría: no soy todo, ni nada, ni algo. Con mi cristal soy el planeta que te lleva por mares a tierras de oro y rapiña y el horizonte te lo doy yo.
(Miguel Angel Bustos, El Himalaya o la moral de los pájaros, Buenos Aires, 1968)

Como siempre, dejamos hablar a los poetas en primer lugar. ¿Qué mejor muestra de la dialéctica que acontece entre el sujeto y el otro, de la especularidad, de ese fluir del yo hacia el otro que este texto de Bustos? ¿Qué mejor exposición de esa ajenidad del yo a sí mismo, del sujeto dividido? Y esa necesidad irrenunciable de la ausencia, la ausencia en la que “el viento y el sonido” - la palabra - puede caer sobre “cuerpos imaginarios, muertos y errantes en la noche inmortal”. Tras esta muestra magnífica de cómo el decir poético aborda nuestro ser mujeres, ser hombres, dejamos la palabra a otros autores que han descripto lo que entendían por repetición. En estas descripciones encontraremos aquello que en nuestro oficio llamamos “sucesos que se repiten”, particularmente en el texto de R. Rolland,  y que diferenciamos del “automatismo de repetición”. Los sucesos que se repiten forman la base sobre la que se instala la vida. El automatismo de repetición constituye aquello que desde la vida pide la muerte, aquello que “mortifica” al ser. En los textos de Rilke y de Borges se destaca aquello que, más allá de los "sucesos que se repiten", construye una subjetividad a partir de la repetición. Podríamos sugerir que Romain Rolland muestra la materia con la que se construirá el aparato psíquico, en tanto Rilke y Borges destacan los efectos de esta repetición original en el sujeto dividido. Dejemos una vez más la palabra a los poetas.


Eduardo Minesas


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